Todas las personas tenemos necesidades educativas. De no ser así ¿para
qué existiría la escuela? Sin embargo,
muchas personas presentan necesidades educativas especiales, es decir, que
necesitan de cambios en la metodología del proceso de enseñanza-aprendizaje o
en los recursos o sistemas de evaluación que se utilizan en las escuelas, para
poder aprender. Esas necesidades
educativas especiales pueden ser transitorias o permanentes y pueden estar o no
ligadas a discapacidad.
Por ejemplo, una necesidad educativa especial transitoria puede
presentarse cuando, por un accidente, una persona que asiste a una institución
educativa, se quiebra el brazo derecho que es, justo, el brazo con que escribe;
por lo tanto, va a tener necesidades educativas especiales o n.e.e. mientras
puede volver a utilizar su brazo. Pero
muchas personas, alrededor del 10-15% de la población de acuerdo con las
estimaciones de Naciones Unidas, tienen necesidades educativas permanentes; es
decir, que a lo largo de toda su vida escolar van a necesitar apoyos
adicionales como la escritura en Braille que utilizan los ciegos.
Como se dijo, las n.e.e. también pueden o no estar ligadas a
discapacidad. Las n.e.e. que presentan
las personas con trastornos de aprendizaje que necesitan apoyos especiales para
aprender, se consideran NO ligadas a discapacidad (en la actualidad, los
trastornos de aprendizaje NO se consideran una discapacidad) pero las que
presentan los estudiantes con discapacidad intelectual (retraso mental) están
relacionadas con su discapacidad.
La escuela debe satisfacer esas n.e.e. ya que, como lo garantiza la
Declaración de los Derechos Humanos, todos tenemos derecho a la educación. Por ello, todos los países han hecho grandes
esfuerzos para aumentar la cobertura de los distintos niveles educativos y
retener a quienes traspasan, por primera vez, las puertas de las escuelas. Pese a ello, la calidad educativa – ese
indicador tan difícil de definir – está muy lejos de ser lograda,
principalmente cuando se trata de traducir, en cifras, la cobertura y la
calidad educativa tomando, como referente, a los miles de niños, niñas y
jóvenes que, por distintas circunstancias, tienen una o más discapacidades y,
por lo tanto, necesidades educativas especiales que el sistema educativo, en su
conjunto, debe satisfacer.
Aún,
a mediados del siglo XX, era difícil concebir que un niño, niña o joven con
discapacidad auditiva, visual o motora, con retraso mental o trastornos
generalizados del desarrollo – uno de los cuales es el autismo – pudiera
compartir el aula tradicionalmente destinada a estudiantes “normales”. Sin embargo, a raíz de los movimientos
iniciados en su mayoría por los propios padres y madres de familia, las aulas
comenzaron a abrir sus puertas para acoger a quienes, consideramos, han sido menos afortunados que nosotros.
Pero
no basta con que esos centros educativos se auto-denominen “escuelas
integradoras” o “escuelas inclusivas”; educarse es más que compartir el espacio
del aula; es – como dijo Piaget – “un proceso que debe permitir al hombre
transformar su realidad” ya sea porque se comuniquen las ideas con lenguaje de
señas, sistema Braille mediante una computadora en la que las teclas se
presionan con algo distinto a las manos – porque se carece de ellas o los
movimientos que se realizan no son precisos.
Satisfacer
las necesidades educativas especiales en el aula regular implica no sólo hacer
adecuaciones de acceso (construir rampas o baños más amplios para ser
utilizados por las personas en silla de ruedas, o contar en el aula con un
sistema de amplificación de sonido que favorezca a los estudiantes con
discapacidad auditiva, entre otros), sino adecuar cada uno de los elementos
curriculares (actividades de enseñanza-aprendizaje, sistema de evaluación,
materiales, etc.) para que el estudiante con discapacidad logre, hasta donde le
sea posible, las mismas competencias que el resto de sus compañeros recordando
que uno de los requisitos de las competencias que se deben desarrollar es que
puedan ser aplicadas, de manera inmediata, a la vida diaria.
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